Energúmenos en la universidad
No me gustan nada las aglomeraciones y detesto con todas mis fuerzas las algaradas. Me fastidia mucho, por tanto, que no falte telediario sin su caterva de cafres destrozando cabinas de teléfonos, contenedores o, en el colmo del atrevimiento, vehículos policiales. Cuando la protesta desborda sus cauces, pasa de ser un legítimo y saludable derecho a convertirse en una especie de hidra desbocada, en un desahogo de mequetrefes que no conocen más límites que los que les marca su propia estulticia.
Con ser preocupante la proliferación de desmanes, me resulta más escandalosa, si cabe, la traslación del griterío y la afrenta a los campus universitarios, lugares donde se supone que pulula una juventud comprometida, ansiosa de espolvorearse la ignorancia, y con ella la superstición, deseosa de conocer y formarse.
Seguro, claro, que los más de los estudiantes están imbuidos de ese espíritu, gaudeamus igitur, pero no faltan quienes aprovechan cada oportunidad que se les presenta para demostrar que son unos descomunales intolerantes, alejados del espíritu crítico, huérfanos de educación y respeto; es decir, fuera de los más elementales cánones por los que deberían regirse aquellos a quienes la sociedad pone a su disposición la institución universitaria para que se mejoren a sí mismos y para que colaboren con el conocimiento adquirido a mejorar la vida a sus compatriotas.
Es repugnante que un puñado de elementos virulentos impida a determinados oradores expresar, en dependencias universitarias, qué piensan acerca de cuestiones de interés social, haciendo uso para ello del contundente expediente del abucheo, del insulto, del griterío; de la agresión, en definitiva. Se envalentonan los desaprensivos, al socaire de la razón de la fuerza, y gritan “fascista” a quien acude pacíficamente a dar su opinión. Comportamiento que, automática e inexorablemente, convierte en fascista a quien lo practica o predica, por muchas pancartas, pegatinas, chapas o pelambres que se exhiban, mientras que el orador frustrado queda como víctima, les guste o no.
Digo yo que sería más inteligente escuchar y, después, preguntar y debatir. Lo demás es alboroto insulso, cosa de antiguos e incivilizados. Me parece a mí, oiga.










Lo dijo Zapatero en Cristianía (qué bonito el nombre antiguo de Oslo, ciudad por la que Hamsun arrastraba más hambre que un caracol en un espejo): los parados que hacen cursos trabajan por España. Ergo, no son tales parados, ¿no?




















P. D.: Os pido encarecidamente que los 12 millones de euros que dicen que cuesta la página web de propaganda de la presidencia española de la U. E. sean devueltos por los inútiles que la han diseñado. Seguro que por aquí hay alguien que la hubiera hecho por cuarenta mil duros. Ea, destínense esos milloncejos a cosas mejores. Por ejemplo, a una cúpula con estalactitas de gotelé, ahora en la Moncloa.









