¡Anda, qué listos!
Leído en "El Periódico Extremadura", edición digital, de hoy:
Reflexiones y comentarios. Blog personal de Juan Carlos Fernández. Copyright Juan C. Fernández.
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Quizá porque uno se mete en todos los charcos que le ponen por delante (o en casi todos), el pasado verano me ofrecieron poner en marcha un programa de tertulia, de esos que están tan de moda. Debo confesar que tardé poco en aceptar. Siempre me apasionó todo lo relacionado con los medios de comunicación, lo que me predispone a ver con simpatía cuanto con ellos tiene algo que ver.
Eso sí, nuestro enfoque del programa tiene asiento en lo ciudadano. Asistimos a diario a tertulias en las que firmas ilustres de la prensa y políticos de postín opinan sobre todo lo divino y lo humano. Nosotros, mucho más humildes, somos simples vecinos que queremos contribuir a formar una sociedad civil más sólida, y en cuanto que tales vecinos opinamos. Sin más pretensiones.
En fin, les invito a ver el programa, de periodicidad semanal, y cuya primera emisión tendrá lugar, Dios mediante, el próximo miércoles, 9 de febrero, a las 21,30.
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Al hilo de las propuestas que se van conociendo sobre la reforma del sistema de pensiones, es generalizada la crítica sobre lo que muchos ciudadanos entienden como un privilegio injustificado: la consolidación de los derechos de percepción de la prestación máxima de jubilación de diputados y senadores, tras no demasiados años de cotización.
Ni una sola de las personas con las que he comentado esta cuestión está de acuerdo. Nadie ha sabido darme un argumento a favor de que SS. SS. gocen de este privilegio.
Yo tampoco encuentro razones. Bien está que coticen, mientras dura su situación, con arreglo a sus emolumentos. Pero no creo que sea asumible por una ciudadanía, ahíta de dificultades, que un diputado con dos legislaturas cumplidas consolide su derecho al 80% de la pensión máxima.
Este es momento de compromisos, de gestos. Cuando se congela la pensión a millones de españoles, cuando se rebaja el sueldo de millones de funcionarios, cuando millones de parados se desesperan, cuando se habla de prolongar los años de cotización para la jubilación, bueno sería que los padres de la Patria bajaran un poco su nivel y se acercaran al común de los mortales.
Me dirán que muchos de ellos dejan sus vidas profesionales, donde obtendrían pingües beneficios, para servir a todos. Muy bien. Nadie les obliga. Además, las percepciones económicas de los diputados deben tener correlato con el nivel de vida del país al que sirven. Lo que cobran está bien, máxime en los tiempos que corren. También es cierto que no faltan quienes no han trabajado en otra cosa que en la política. Siempre he defendido que cuando uno se mete a político, el primer requisito es tener las espaldas cubiertas, esto es, ser trabajador en activo.
En fin, que sería un bonito gesto que estos señores renunciaran a tan incomprendido derecho y nos hicieran saber que sus cotizaciones, durante el tiempo de ejercicio de sus cargos, se sumarán a las anteriores y posteriores, y que el cálculo de su pensión se regirá por los mismos parámetros que las de cualquier peón: tiempo y nivel. ¿No?
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No me gustan nada las aglomeraciones y detesto con todas mis fuerzas las algaradas. Me fastidia mucho, por tanto, que no falte telediario sin su caterva de cafres destrozando cabinas de teléfonos, contenedores o, en el colmo del atrevimiento, vehículos policiales. Cuando la protesta desborda sus cauces, pasa de ser un legítimo y saludable derecho a convertirse en una especie de hidra desbocada, en un desahogo de mequetrefes que no conocen más límites que los que les marca su propia estulticia.
Con ser preocupante la proliferación de desmanes, me resulta más escandalosa, si cabe, la traslación del griterío y la afrenta a los campus universitarios, lugares donde se supone que pulula una juventud comprometida, ansiosa de espolvorearse la ignorancia, y con ella la superstición, deseosa de conocer y formarse.
Seguro, claro, que los más de los estudiantes están imbuidos de ese espíritu, gaudeamus igitur, pero no faltan quienes aprovechan cada oportunidad que se les presenta para demostrar que son unos descomunales intolerantes, alejados del espíritu crítico, huérfanos de educación y respeto; es decir, fuera de los más elementales cánones por los que deberían regirse aquellos a quienes la sociedad pone a su disposición la institución universitaria para que se mejoren a sí mismos y para que colaboren con el conocimiento adquirido a mejorar la vida a sus compatriotas.
Es repugnante que un puñado de elementos virulentos impida a determinados oradores expresar, en dependencias universitarias, qué piensan acerca de cuestiones de interés social, haciendo uso para ello del contundente expediente del abucheo, del insulto, del griterío; de la agresión, en definitiva. Se envalentonan los desaprensivos, al socaire de la razón de la fuerza, y gritan “fascista” a quien acude pacíficamente a dar su opinión. Comportamiento que, automática e inexorablemente, convierte en fascista a quien lo practica o predica, por muchas pancartas, pegatinas, chapas o pelambres que se exhiban, mientras que el orador frustrado queda como víctima, les guste o no.
Digo yo que sería más inteligente escuchar y, después, preguntar y debatir. Lo demás es alboroto insulso, cosa de antiguos e incivilizados. Me parece a mí, oiga.
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Ya sé que e
scribo con retraso, que el partido entre el Ajax y el Real Madrid es historia y que ahora lo más cool (como diría un moderno) es analizar, criticar, desbarrar, describir o, más sencillamente, charlar sobre el choque, el pasado lunes, entre los dos grandes españoles. Pero no me resisto, aunque tarde, a evocar el penoso espectáculo extradeportivo que dio el Madrid en Ámsterdam.
No entraré en profundidades sobre el partido por una razón insoslayable: entiendo poquísimo de fútbol, lo que no me impide disfrutar con un buen partido sin necesidad de entrar en análisis estadístico de los kilómetros que recorre un jugador, ni de comprender los intríngulis del movimiento de los futbolistas por el terreno de juego, ni de disponer de un conocimiento preciso de la anatomía de los jugadores, para saber qué músculo, tendón, hueso o ligamento se ha jeringado cuando alguno se revuelca por el suelo. Salvadas estas dificultades derivadas de mi ignorancia, creo que no hace falta ser un lumbrera para entender que la táctica del entrenador Mourinho para aliviar de tarjetas amarillas (qué cosas, antiguamente eran blancas) a un par de pupilos, que así llegarán más tranquilos a futuros partidos posiblemente más complicados, es una marrullería sonrojante. Es decir, una trampa bochornosa. Un fraude, oiga.
¿En qué se basa esto? Pues en la convicción de que todo vale con tal de subir otra copa a la vitrina. Lo de siempre, el fin justifica los medios. Y, ¿cuál es el problema? En mi opinión, como son legión los seguidores del fútbol, del Real Madrid y de su actual entrenador, muchos de ellos darán por buena la trapacería. Y entre las miríadas de seguidores también pululan jóvenes que encontrarán, en uno de sus referentes más acreditados, ejemplos nada convenientes. Another brick on the wall (¿a que queda chulo dicho en inglés?). Otro ladrillo en el muro que levantamos día a día para separar a esta sociedad del sentido común, del respeto, de la moral ciudadana.
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La capacidad de expeler majaderías es inagotable. Ahora resulta que unos iluminados proponen volar la cruz del Valle de los Caídos. Controladamente, claro, no vayan a caer algunos cascotes donde no deben. Así, una vez que se pulse el detonador, con el monumento desaparecen también 40 años de dictadura, ¿no?, y sin solución de continuidad pasamos de la idílica II República del 14 de abril a este ínterin en el que nos encontramos, a la espera de la III, ansiadísimo adviento por el que rezan tantos. Por cierto, hablando de repúblicas y voladuras, ya destruyeron -previo fusilamiento simbólico- el monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, en aquellos tiempos tan positivos para España.
La duda que se me plantea es si habrá que volar iglesias, catedrales y palacios episcopales para lavar de la Historia las afrentas de la inquisición. Ya puestos, ¿por qué no hacerlo con el Monasterio de El Escorial? Y ¿qué me dicen del Palacio de las Cortes? ¿No se sentaban allí los procuradores franquistas?
En fin, para qué perder más tiempo. Yo pensaba que el género humano quedó vacunado contra la estupidez de volar monumentos tras la muy heroica demolición por los talibanes de los ciclópeos budas de Bamiyán, en Afganistán. Ya veo que no.
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Sin llegar al fanatismo, siempre he sentido un vivo interés por eso que ahora llaman nuevas tecnologías. En 1984 adquirí mi primer ordenador -que conservo como una reliquia- por algo más de 40.000 pesetas de entonces. Era un Sinclair ZX Spectrum con una capacidad de 48 k., es decir, lo que ocupa ahora cualquier documento no muy extenso del procesador de textos. Los programas venían en cintas de cassette (o como demonios se escriba ese palabro) y eran simplicísimos. Con el tiempo compré una impresorita que tampoco tenía gran utilidad porque utilizaba un rollo de papel no demasiado ancho. Pero aquello enganchaba, nos metía de bruces en un mundo más allá de la Hispano-Olivetti y empezaba nuestra alfabetización neotecnológica. Después he tenido un buen puñado de ordenadores e impresoras de todo tipo, que me han simplificado la vida en proporciones considerables. Hoy, sin estos chismes no somos nada. Eso sí, he logrado dominar pulsiones y me limito a usar el ordenador como una utilísima herramienta de trabajo, sin que me arrastre la fiebre al terreno del enredo constante.
Me ha hecho recordar a mi viejo Spectrum de teclado del goma una noticia de hace unos días. Subastan el primer ordenador de Apple, de 1976, y esperan lograr un remate de entre 188.000 y 282.000 euros. He visto la foto del aparato, un teclado con carcasa creo que de madera, y desde luego impresiona cuánto ha evolucionado el mundo de la informática en estos años.
En fin, para rematar esta cuestión tecnológica les anuncio -ya se lo anticipaba hace unos días- que me he hecho una paginita web sencilla y artesanal (self made, que diría un angloparlante, o un pedante, vaya usted a saber) en la que doy cabida a algunas cosillas. Espero que no les resulte demasiado pretenciosa, perdonen mi atrevimiento. Mañana o pasado, si tengo un rato, les pongo en el blog (que seguiré usando con la asiduidad que me sea posible) un enlace.
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En breves fechas estará operativa una sencilla página web (en estos momentos en construcción), en la que tendrán cabida diversos escritos publicados por este humilde escribidor. A través de mi dirección juancarlosfernandez.es podrán entrar en ella; allí encontrarán enlaces para acceder al blog, donde seguiré publicando cosillas como hasta ahora.
Si desean entrar directamente al blog, pueden utilizar la dirección http://juancfernandez.blogspot.com
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Como estoy realmente vago y escribo ahora poco, y además estoy preparando una paginita web en la que publicaré otras cosas que no tienen contenido en el blog (ambos inventos quedarán enlazados), mientras tanto les entretengo con la carta de ajuste. Volveré pronto.
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Lo dijo Zapatero en Cristianía (qué bonito el nombre antiguo de Oslo, ciudad por la que Hamsun arrastraba más hambre que un caracol en un espejo): los parados que hacen cursos trabajan por España. Ergo, no son tales parados, ¿no?
Oslo debe tener un atractivo especial para que los líderes planetarios la elijan entre tantas otras urbes y depongan allí sus excelsos pensamientos. Ya supimos por Obama, allí mismo, que la guerra también puede ser necesaria.
Por favor, sin demora nombren a Leire Pajín embajadora cerca de Su Majestad el Rey Harald. El círculo (¿polar ártico?) estará completo.
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Resulta que cuando compro un DVD o un disco de esos de quita y pon, que uso para guardar datos particulares, o mis fotos, escritos o trabajos, tengo que pagar un canon para la SGAE. Cojonudo. Por el DVD donde tengo hecha una copia de seguridad de mi libro sobre el hospital, por el que nadie me paga derechos de autor, ni puñetera falta que me hace, pago a otros creadores.
Dirán que son muy difíciles de controlar las copias ilegales y todo lo que quieran. Pero yo también llevo razón. Por lo demás, intuyo que como pagas ese canon, adquieres amplios derechos. Pues vale.
Por si fuera poco este abuso, ahora resulta que Telefónica lanza lo que espero sólo sea un globo-sonda y nos va poniendo en antecedentes: a más uso del ADSL habrá que pagar más, porque resulta que el ancho de banda se saturará con tanto uso como hay. Veamos: Telefónica mete por los ojos el uso de Internet en la telefonía móvil, y el de los ordenadores portátiles en cualquier parte mediante un lápiz usb. Negocio puro y duro, y me parece fenomenal. Que ganen mucho y generen mucha riqueza. Pero claro, como venden tanto, y por tanto ganan tanto, se saturará la infraestructura. Solución: todos a pagar más caro. Respuesta: vayan a tomar viento fresco.
Es inaudito. Con prestaciones inferiores en calidad y precios mucho más caros que en otros países de Europa, se recurre a la presión al usuario.
Tengo, creo, uno de los primeros ADSL de Zafra. Lo contraté porque Telefónica nos hacía ver que había que aprovechar la inmensa ventana de Internet. Y, efectivamente, es una herramienta fundamental, que utilizo con profusión, sin llegar a la obsesión. Las posibilidades de Internet pueden quedar gravemente limitadas si se perpetra la subida de cuotas.
Ya está bien de abuso, hombre. Por cierto, Sierra Morena, más allá de Monesterio.
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Enorrrrrme. España convenció, ilusionó, ganó y proporcionó a la gente una inmejorable excusa para salir a celebrar el triunfo y para mostrar el orgullo de ser españoles. ¡Casi ná! Ahí tienen ustedes una foto de la celebración tras el partido en Barcelona. No sé si la manifestación de Montilla y demás compañeros mártires atraerá a más público, pero me malicio que no habrá más corazón. Ver al personal en San Sebastián, en Pamplona, en Barcelona, en Santiago... disfrutando del momento envueltos en banderas nacionales, sin complejos, sin pamplinas, sin estupideces, ya es ganar una final. La del domingo, seguro que la batallarán los jugadores en el terreno de juego como saben hacerlo. A esperar: apuesto por la victoria... y por el delirio.
Nota: le fusilo la fotografía a Marca.com.
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