¿Ver, oír y callar?
No es mi costumbre contestar a los comentarios que algunos lectores se molestan en hacer en este blog. Del mismo modo que un servidor opina, quien lee puede discrepar. Pero ayer han escrito uno en mi entrada del domingo que me sorprende. Recuerden que en ella me refería al deseo del PSOE de imponer modificaciones en el uso del género masculino. El anónimo y enfadado comunicante me dice lo siguiente:
Qué pena reflejar tanta incultura, tanta falta de respeto, se nota que usted mama de Pérez Reverte. Informése antes de escribir y reflejar cuán rídiculo es. Más que nada porque es político y debiera tener un poco de cultura, no voy a molestarme en explicarle nada sobre género, usted no lo merece.
En fin, yo que no mamo de nadie, aunque leo a muchos, reconozco que me gusta regulín regulán Pérez-Reverte, del que he leído bastante, y del que destaco sobre todo su novela La piel del tambor, me siento turbado tras el comentario anónimo. Oh inculto de mí, que no merezco explicación alguna sobre género. No sé si se refiere el comunicante al gramatical, del que yo hablaba, ese que nos enseñaron que podía ser masculino, femenino o neutro, y que en el sustantivo tiene la particularidad de poder ser hasta epiceno. O a esa otra acepción sociológica tan en boga.
En todo caso, no es a mí a quien tene que explicarme nada, que a lo mejor no lo entiendo. Dígaselo, si es tan amable, a los cuatro doctores en Filología, todos ellos de la Real Academia Española, en los que me he inspirado para mi entrada del domingo (Véase ABC del 28 de febrero). A saber, don Gregorio Salvador, quien afirma que lo pretendido por el gobierno es un puro disparate y que el español no es asunto del Gobierno, sino de 22 países y academias. Don Valentín García Yebra: parece que el Gobierno se considera superior en todo, también en el uso lingüístico. Don Manuel Seco: ningún gobierno tiene derecho a imponer determinadas reglas, ni siquiera en los ámbitos dedicados al idioma. Y, por último, don Francisco Rodríguez Adrados: demasiados problemas tenemos ya en nuestra vida para que, encima, tengamos que aprender otra lengua por simple capricho de ínfimas minorías mal informadas. Respeten por lo menos la lengua y déjennos vivir.
Claro está, me malicio que el problema no es de discrepancia lingüística. Creo que lo que le duele al lector mencionado es que se critique al Gobierno, sea por lo que sea. Pero eso, claro, no lo va a poder remediar aunque los que critiquemos sólo seamos, en su opinión, unos incultos como el que escribe. Ya sabemos que la derecha es inculta. Lo dicen muy bien las consignas de las que a lo mejor mama el anónimo discrepante. Pero seguiré manifestándome como me venga en gana. Y si considera que soy ignorante o ridículo, pues qué le vamos a hacer. Seguro que encuentra otras lecturas que le llenen más que mis reflexiones. No lo dude, oiga, disfrute de ellas.















